Lo que Lionel Messi puede enseñarle a las organizaciones sobre liderar el cambio cuando todo parece salir mal.
Cuando Lionel Messi levantó la Copa del Mundo en Catar 2022, el mundo entero sintió que estaba presenciando el cierre perfecto de una historia que llevaba años escribiéndose. La imagen del capitán argentino levantando el trofeo quedó grabada como uno de los momentos más memorables en la historia del fútbol. Sin embargo, como ocurre con la mayoría de las grandes transformaciones, el verdadero cambio no comenzó el día de la final. Comenzó mucho antes, en el momento en que todo parecía derrumbarse.
Argentina llegó al Mundial como una de las grandes favoritas. Acumulaba una larga racha de partidos invicta, había conquistado la Copa América y contaba con un grupo sólido liderado por Lionel Scaloni. Existía confianza, ilusión y un proyecto deportivo que parecía llegar en su punto más alto. Pero el fútbol, al igual que los procesos de transformación organizacional, tiene la capacidad de poner a prueba cualquier planificación en el momento menos esperado.
La inesperada derrota frente a Arabia Saudita en el primer partido cambió por completo el panorama. Lo que debía ser un comienzo tranquilo se convirtió en una crisis inmediata. Los medios comenzaron a hablar de fracaso, los analistas cuestionaron el proyecto y millones de personas dudaron de que Argentina pudiera recuperarse. De un momento a otro, el equipo pasó de ser candidato al título a tener la obligación de ganar cada partido para seguir con vida.
Las organizaciones viven situaciones muy similares. Un proyecto estratégico que no avanza como estaba previsto, una implementación tecnológica que encuentra resistencia o un cambio organizacional cuyos primeros resultados generan más dudas que entusiasmo. En esos momentos, muchas empresas creen que el problema está exclusivamente en la estrategia, cuando en realidad la verdadera prueba apenas comienza.
Uno de los errores más frecuentes en la gestión del cambio es pensar que una transformación exitosa es aquella que transcurre sin obstáculos. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Todo cambio importante tiene su propio “partido contra Arabia Saudita”: ese momento en el que aparecen la incertidumbre, la presión y el temor de haber tomado la decisión equivocada.
Es precisamente ahí donde el liderazgo deja de ser un cargo para convertirse en una responsabilidad. Cuando los resultados todavía no aparecen y las dudas comienzan a extenderse, el equipo observa con atención la manera en que reaccionan sus líderes. Una respuesta basada en el miedo puede acelerar la resistencia; una respuesta basada en claridad y confianza puede devolverle sentido al proceso.
Después de aquella derrota, Lionel Messi no apareció buscando culpables ni justificando lo ocurrido. Tampoco respondió desde la desesperación. Su mensaje fue sencillo, pero profundamente poderoso: transmitir tranquilidad.
Mientras el entorno hablaba de fracaso, él mantuvo viva la convicción de que el objetivo seguía siendo posible. Esa es, quizás, una de las funciones más importantes de un líder durante cualquier proceso de transformación: sostener la confianza del equipo cuando todavía no existen resultados suficientes para respaldarla.
Esto no significa negar los problemas ni maquillar la realidad. Significa reconocer el momento difícil sin permitir que el miedo se convierta en la fuerza que dirija las decisiones. Los equipos necesitan líderes capaces de decir: fallamos, debemos corregir, pero el propósito continúa vigente.
Con frecuencia se asocia el liderazgo con la autoridad, el control o la capacidad de dar instrucciones. Sin embargo, la campaña de Argentina en Catar mostró una versión distinta. Messi lideró desde el ejemplo. Fue el primero en asumir la responsabilidad dentro del campo, pidió el balón en los momentos de mayor presión, corrió, luchó, asistió y apareció cuando el equipo más lo necesitaba.
Nunca pidió compromiso únicamente desde el discurso; lo demostró con sus acciones.
Ese tipo de liderazgo tiene un enorme valor para las organizaciones. Los procesos de cambio no necesitan directivos que observen la transformación desde la distancia mientras esperan resultados. Necesitan líderes que participen activamente, acompañen a sus equipos, comprendan las dificultades del proceso y estén presentes cuando las cosas no salen como se esperaba.
Las personas rara vez siguen un discurso durante mucho tiempo. Lo que realmente construye confianza es la coherencia entre lo que el líder dice y lo que está dispuesto a hacer.
Liderar una transformación no consiste únicamente en aprobar un plan, asistir a reuniones de seguimiento o comunicar decisiones. También implica ponerse el overol, ensuciarse las manos y recorrer junto con el equipo la parte más difícil del camino.
Esto significa escuchar las dudas, remover obstáculos, reconocer los errores, tomar decisiones incómodas y asumir públicamente la responsabilidad por el proceso. Un líder visible no reemplaza el trabajo de los demás, pero demuestra que el cambio no es una carga delegada, sino un compromiso compartido.
Messi no observó desde lejos cómo el equipo intentaba recuperarse. Se convirtió en parte activa de esa recuperación. Y esa presencia ayudó a transformar la presión en energía colectiva.
Argentina no pasó de la derrota al campeonato en un solo partido. Lo hizo construyendo pequeñas victorias que fortalecieron la convicción del grupo. Cada encuentro ganado reforzó la confianza para enfrentar el siguiente. Cada desafío superado confirmó que el proyecto seguía teniendo sentido.
En las organizaciones ocurre exactamente igual. Una transformación no se consolida únicamente con grandes anuncios o hitos estratégicos. Se fortalece cuando las personas empiezan a experimentar avances concretos que demuestran que el esfuerzo está generando resultados.
Cada logro temprano aumenta la credibilidad del proyecto, y esa credibilidad se convierte en el combustible que mantiene vivo el compromiso durante los momentos más complejos. Por eso, gestionar el cambio también implica hacer visibles los avances, reconocer a quienes están impulsando el proceso y conectar cada pequeña victoria con el propósito general.
Cuando Argentina derrotó a Francia en una de las finales más emocionantes de la historia, el mundo celebró un campeonato inolvidable. Sin embargo, el verdadero triunfo había comenzado semanas antes, cuando el grupo decidió que una derrota no definiría el resto de su historia.
Esa decisión colectiva de seguir creyendo fue mucho más determinante que cualquier planteamiento táctico. El equipo no ignoró el tropiezo: lo utilizó como una señal para ajustar, recuperar el foco y fortalecer su unidad.
Las organizaciones más exitosas tampoco son aquellas que nunca fracasan. Son las que desarrollan la capacidad de aprender, adaptarse y levantarse antes que las demás. Cada transformación enfrentará obstáculos, resistencia e incertidumbre. La diferencia la marcará la calidad del liderazgo con el que esas dificultades sean enfrentadas.
Dentro de una organización, un Champion de cambio no es simplemente una persona que apoya una iniciativa o repite sus mensajes. Es alguien capaz de traducir el propósito en comportamientos visibles, movilizar a otros y mantener viva la confianza cuando el proceso pierde impulso.
Messi desempeñó ese papel dentro del equipo argentino. No era el único responsable del resultado, pero sí una referencia de credibilidad para sus compañeros. Su manera de actuar comunicaba que el objetivo seguía siendo alcanzable, incluso después del peor comienzo posible.
Los Champions de cambio cumplen una función similar. Conectan la visión directiva con la realidad cotidiana de los equipos, ayudan a contener la incertidumbre y demuestran, con su ejemplo, que la transformación no pertenece
únicamente a quienes la diseñaron.
En algún momento, toda empresa vivirá su propio partido contra Arabia Saudita. Habrá un proyecto que no avance al ritmo esperado, una implementación que genere resistencia o una iniciativa que empiece a ser cuestionada.
Ese será el instante en que las personas dejarán de escuchar únicamente los discursos y comenzarán a observar las acciones de sus líderes. Verán si mantienen la calma, si continúan creyendo en el propósito y, sobre todo, si están dispuestos a recorrer el camino junto al equipo.
Argentina no fue campeona porque nunca perdió. Fue campeona porque encontró un liderazgo capaz de transformar la incertidumbre en confianza, la presión en motivación y el tropiezo en aprendizaje colectivo.
Lionel Messi entendió que liderar no significa caminar delante del equipo dando órdenes, sino caminar con él cuando el camino se vuelve más difícil.
Porque no hay transformación sin resultado. Y no hay resultado sin adopción.
Elaborado por: Ochouno®